SCHOOL PRIVADA ALFONSINA STORNI crítica de José Manuel Cruz

Imagen de Lucia Seles directora de cine

Primera crítica: SCHOOL PRIVADA ALFONSINA STORNI de Lucía Seles: Paraíso en vilo.

El escritor y crítico cinematográfico Antonio Weinrichter cuenta que cuando en 1994 el Festival de Cine de Berlín proyectó Sátántangó del director húngaro de Béla Tarr fue como si una “nova” o una nueva “estrella” apareciera en la constelación del cine, que esa película provocó toda una serie de “ecos sísmicos” y que cuando, ya en el año 2000, dicho cineasta estrenara Armonías de Werckmeister, las reacciones fueron similares: se trataba de una película “inefable”, era imposible “encontrar algo parecido”, era un “objeto no identificado” dentro del panorama del cine mundial. Todo lo que Antonio Weinrichter dice de Béla Tarr es aplicable a lo que yo sentí cuando vi por primera vez dos películas de Lucía Seles: Terminal Young (que ganó la competencia argentina en el Bafici – Festival de Cine de Buenos Aires del año 2023) y The urgency of death. Y vuelvo a sentir lo mismo cuando, ahora, veo su nuevo film, School privada Alfonsina Storni, una historia escurridiza en la que se suceden personajes entrañables, algunos de ellos crueles (porque tan honesto es el relato que no hurta al espectador de mostrarnos las aristas de lo que pudiera ser un paraíso en proceso de quiebra), todos ellos inolvidables, todos ellos difíciles de explicar en pocos trazos porque son tan humanos que son inabarcables.

Es muy difícil de definir el cine de Seles para quien no lo conozca. Sí, podríamos decir que sus personajes tienen algo de los de Milagro en Milán (1951) de Vittorio de Sica o de Viaje a Darjeeling (2007) de Wes Anderson. Es verdad que, seguramente, no nos equivocaríamos. También podríamos decir que la mirada de la cineasta tiene la limpieza del Luigi Comencini de Pan, amor y fantasía (1953) o de la lírica en suspenso de un Jonas Mekas. Sí, puede ser. No es menos cierto que su sintaxis lingüística y narrativa tiene conexiones con las de Jean-Luc Godard o Gonzalo García-Pelayo. También que la inquietud que impregna muchas situaciones podrían ser eco de las que muestran en sus películas David Lynch, Lars von Trier o el Thomas Vinterberg de Celebración (1998).
Ciertos rasgos de su humor pueden recordarnos a muchas situaciones absurdas retratadas por Luis Buñuel. Sí, nada de ello tiene por qué ser falso. Pero hay que reconocer algo: que el resultado final que vemos en las películas de Seles va más allá, muchísimo más allá, del mero agregado de los sumandos que acabamos de exponer. En los tiempos actuales, en que conceptos narrativos como los “puntos de giro” del guion o los “arcos de transformación” de los personajes son ya de dominio público y en cualquier publicación de las redes sociales se utilizan con profusión y total desparpajo, las películas de Lucía Seles son un desafío a las convenciones establecidas y marcan la diferencia entre lo que ya es artesanía (aquello que se crea aplicando unas técnicas ya conocidas, ya dominadas y, por tanto, en última instancia ya adocenadas) y lo que es auténtico arte, aquello para lo que no tenemos explicación racional evidente, que es inspiración pura, desnuda y carente de cualquier tipo de cesión o negociación con el gusto y las preferencias ya consolidadas. Yo no sé dar una explicación clara de El ángel exterminador, de Solaris, de Mulholland Drive o de 2046, pero, sinceramente, me da igual tenerla o no. Disfruto de estas películas desde la perplejidad. Y lo mismo me sucede con Terminal Young, The urgency of death y, ahora, School Privada Alfonsina Storni. Sé que estos films me llevan a visitar un mundo con sus propias reglas y mecanismos y me gusta instalarme en él por el efecto “extrañamiento” que provocan respecto a la gris y plana realidad.

School Privada Alfonsina Storni transcurre en, como dice el título, en un colegio privado donde el puesto de dirección está vacante y, deducimos, durante el período vacacional, en el que no hay clases pero hay que dejar todo preparado para cuando el curso comience. Si en Terminal Young había una serie de personajes emblemáticos que constituían la columna vertebral de la película (la tenista, el contable, Luján, el sanjuanino, la madre del sanjuanino…), en esta ocasión nos encontramos con otro universo de caracteres inolvidables, originales e irrepetibles (la vicedirectora, el vendedor de helados –hermano de la anterior–, la profesora de inglés, la maestra jardinera, el chileno, la catequista, la encargada de las inscripciones, la hija de esta, su novio, la nueva directora…) interpretados por el elenco mayoritariamente habitual de la cineasta (Gabriela Ditisheim, Pablo Ragoni, Laura Nevole, Martín Aletta, Ignacio Sánchez Mestre, Mirta Busnelli, Lara Sol Gaudini, Sol M. Gauchat, Verónica Hassan, Amelia Pena, Elinor Perrot, Iair Said, Esteban Smirnoff, Magdalena Schavelzon, Matías Vertiz…) y que brillan al mismo excelso nivel que en sus títulos anteriores. Junto a esta trama principal, hay dos elementos añadidos que la enriquecen y le proporcionan sugerentes matices: por un lado, imágenes filmadas en diferentes paseos por Buenos Aires en donde se intenta hallar la belleza escondida en los rincones más secretos y desconocidos de la ciudad; por otro, la referencia continua a la poeta argentina Alfonsina Storni (1892-1938), figura que da nombre al colegio y cuyo suicidio en Mar del Plata se convierte en una especie de rima o leit motiv a lo largo de toda la película.

Como ocurría en Terminal Young y The urgency of death, School privada Alfonsina Storni nos habla de la épica y de la lírica de la vida cotidiana, épica que nos convierte a todos en héroes anónimos teniendo que vencer las arbitrariedades y sinsabores de la rutina diaria, el dolor de tener que ocuparse y preocuparse en un mundo en el que la crueldad y las desdichas siempre están dispuestas a asaltarnos, y lírica porque, hasta en la calle más oculta, hasta en los momentos más amargos, siempre hay un hueco para la hermosura, la emoción y la alegría. No todo lo que sucede en la película es inocente ni feliz y hay situaciones tristes y amargas pero los personajes siempre suelen encontrar o acabar mostrando un destello de sol en medio del cielo más encapotado. Las películas de Lucía Seles nos impresionan porque, no siendo realistas en sentido estricto, porque muestran la realidad a través de una mirada más que imaginativa llena de intensidad y melancolía, acaba dándonos claves esenciales de lo que es la vida y cómo reaccionamos frente a ellas. Ese colegio en vacaciones viene a ser la metáfora perfecta de un paraíso que fue (¿tal vez la infancia?), que ha sido devastado por las típicas miserias y mezquindades humanas, pero que, a pesar de ello, deja espacios de luz para la hermosura, la emoción y el mejor lado del ser humano. La mirada de Seles deslumbra, emociona, duele a veces, también nos hace reír en más de una ocasión, pero siempre es un testimonio de humanidad que muestra la grandeza y vulnerabilidad de sus personajes sin ocultar las pequeñeces en las que se enredan o se ven enredados y las angustias que tienen que afrontar.

Su cine toca la fibra porque es expresión desnuda de unos sentimientos y estos traspasan la pantalla por la franqueza de su mirada y por la excelente labor de unos intérpretes que casi nos hacen creer que los personajes van a saltar de la pantalla y nos vamos a cruzar con ellos en cuanto salgamos de la sala de cine.

Efectivamente, a día de hoy no hay otra cineasta como Lucía Seles y sus películas son objetos no identificados dentro del panorama cinematográfico mundial. Pero en su irrepetibilidad está el secreto de toda la verdad artística y vital que encierran y que llega al espectador en dosis químicamente pura, genuina y conmovedora.

José Manuel Cruz.

(Empezó el Bafici)

Publicado en: 19/04/20247 min. de lectura1400 palabrasCategorías: Cine Argentina, Críticas, Festivales internacionales

¡Comparte este artículo!

Deja un comentario

dos × tres =