Crítica de José Manuel Cruz: LOS TONOS MAYORES DE INGRID PROKOPEK

LOS TONOS MAYORES DE INGRID PROKOPEK

No tuvo premio la película de Ingrid a pesar de la mejor acogida y cantidad de público.

Sí tiene una buena crítica de José Manuel Cruz.

LOS TONOS MAYORES DE INGRID PROKOPEK: MAGIA AUSTERA Y ARMONÍA ETÉREA

En el 38º Festival Internacional de Cine de Mar de Plata que se está celebrando durante estos días, se ha proyectado el primer largometraje de Ingrid Prokopek, Los tonos mayores, el cual ha supuesto una agradable sorpresa y una muestra más del excelente momento creativo que está viviendo el cine argentino, tanto por la calidad de sus películas como por la diversidad temática y de estilos de las mismas. Lo que más llama la atención de Los tonos mayores es que, dentro de la enorme sencillez con que la película ha sido planteada, hay un argumento que combina con inaudita maestría una serie de elementos que, en principio, pudieran parecer difíciles (y hasta casi imposibles) de conciliar en una trama con un mínimo de coherencia pero que la realizadora sabe hacer convivir sin ningún tipo de chirrido o fricción: una película coming of age en la que somos testigos de las primeros avatares sentimentales que viven unas chicas jóvenes, una exploración de unos personajes maduros que han de lidiar con sus frustraciones profesionales y sus titubeos emocionales, el sentimiento de orfandad de un padre y una hija que han de sobrellevar la pérdida de la madre y la irrupción de una experiencia extrasensorial que supondrá todo un reto para las jóvenes protagonistas del film. Adicionalmente, junto a su espíritu nítido y desacomplejado de cine de autor e independiente conviven los ecos de películas estadounidenses y europeas más que conocidas, de modo que podemos describir Los tonos mayores como un cruce mágico y prodigioso entre Encuentros en la tercera fase (1977) de Steven Spielberg, Señales (2002) de M. Night Shyamalan, Amelie (2001) de Jean-Pierre Jeunet y Mi vida sin mí (2003) de Isabel Coixet pero plasmado de un modo muy original y personal.

La gran virtud de Los tonos mayores es cómo la película logra llevarnos con gran naturalidad, agilidad y frescura a su inaudita columna vertebral: la detección por parte de la protagonista de los curiosos latidos rítmicos que parecen surgir de la placa cardíaca que ella tiene implantada. Poco a poco, se va descubriendo que estos latidos que, en principio, parecen tener una pauta musical, tienen otros sentidos y significados, lo cual servirá para desarrollar y hacer encajar todas y cada una de las piezas de la narración. El azar (o el destino) va sirviendo para llevar al espectador y a los personajes de un nivel de conocimiento de la realidad a otro y para irnos atrapando en un misterio que va adquiriendo una intensidad emocional cada vez mayor conforme el metraje va avanzando. Pero, al mismo tiempo, junto a este azar, todos esos elementos (al igual que las estrellas forman constelaciones, una imagen que tiene importante papel en un momento del film) acaban formando líneas entre sí para enseñarnos la moraleja de que en la vida todo pasa por un motivo y que, sea por lo aleatorio o lo predeterminado, todas nuestras vivencias acaban unidas por un hilo mágico que da sentido a todo lo que hemos vivido y experimentado y que sirve para convencernos de que nada ha sido inútil o baladí (el encuentro entre los dos hombres en el restaurante, que queda envuelto en un sugerente y sutil misterio, es la muestra perfecta de dicha enseñanza). En consonancia con el argumento y el espíritu del film, la directora ha apostado por un montaje ligero e ingrávido, un estilo invisible pero cuidadosamente medido en términos de planificación, encuadres y movimientos de cámara y unas interpretaciones frescas, naturales y contenidas alejadas de cualquier tentación de pose o afectación pero que saben dibujar con perfecta precisión la caracterización de los personajes de la historia y sus dudas, conflictos e inquietudes, debiendo mencionar, especialmente, las interpretaciones de Sofía Clausen en el papel protagonista, Lina Ziccarello en el papel de su amiga y de Pablo Seijo como su padre y la fugaz aparición de Pablo Ragoni que, aunque encarnando a un personaje sin texto en el guion, sabe transmitir la fuerza y verismo que el actor siempre sabe inyectar a sus actuaciones.

La novela con la que Lucía Etxebarría ganó el Premio Planeta en el año 2004 se llamaba Un milagro equilibrio y este título también describe a la perfección lo que Los tonos mayores representa, una prodigiosa convivencia de piezas que no buscan dar al espectador respuestas ingenuas sino una mirada luminosa y esperanzada que nos permita contemplar la vida desde una perspectiva fructífera y constructiva. Asimismo, también podríamos aplicar lo que Jorge Guillén escribió en su poema “Beato sillón”: “No pasa/nada. Los ojos no ven,/saben. El mundo está bien/hecho.”. Efectivamente, el mundo está bien hecho y todo encuentra su salida y su encaje, todo encuentra su pertenencia y no cabe lugar para el desamparo y la zozobra. Podemos vivir pensando que, al final, siempre habrá merecido la pena como merecerá la pena al espectador ver y disfrutar Los tonos mayores.

Publicado en: 13/11/20234,5 min. de lectura907 palabrasCategorías: Cine Argentina, Críticas

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