Para mí fue un desastre completo la entrega de premios

Siete Jereles imagen de cantaor

Para mí fue un desastre completo la entrega de premios de los dos festivales donde concurría con una película mía y seis coproducidas por el equipo de Gong Cine Argentina (mientras que nosotros rodábamos nuestras 10+1). Algunos premios paralelos, ninguno de los oficiales. Por eso prefiero hablar de lo que me alegra como el éxito del pase en el Reina Sofía, final del ciclo de Documenta o como este comentario crítico de Estrella Millán Sanjuán, primero que vio la luz en este Facebook al día siguiente del estreno (con la captura foto del momento que ella prefiere):

SIETE JERELES (2022). Gonzalo García-Pelayo y Pedro G. Romero
Acudir al Festival de Sevilla ayer me sumió en un estado de trance y delirio que me duró todo el viaje de vuelta a mi lugar de residencia –no de origen– desde hace muchos años, cerca de Jerez de la Frontera; ciudad que conozco y a la que se homenajea desde sus tópicos (caballos de PRE, flamenco y bodegas), pero tratados desde el cine insurrecto de Gonzalo García-Pelayo, cuyo resultado permanece muy alejado del documental sobre flamenco de postal, sino que él y su compañero en la codirección, Pedro G. Romero, se adentran en el corazón de las barriadas y bodegas tan pasionalmente y en búsqueda de la libertad nocturna como esas yeguas que galopan desde la campiña jerezana hasta el casco antiguo anárquicamente entre destellos ocres de faroles.

Un ensayo con ecos a su anterior “Nueve Sevillas”, que en vez de acercarse a la música y el baile, como hicieron los dos a través de ese plano que llegaba hasta las entrañas de la guitarra española en un guiño a “La femme et le pantin”, de 1929, lo hace penetrando en cada callejuela y local en un recorrido detenido en la noche, eterno, bello, atemporal y con aroma a arte, embrujo, duende y fervor. Una visión del cante y el baile a contracorriente, tal como abre esta fabulosa película, con García-Pelayo andando hacia atrás de forma pausada, a «contramano», como se dice por aquí, rozándose con una banda de música o con el gentío por las calles. También simbolizando una mirada melancólica al pasado, el suyo, que rememora con su locuaz y sabio hermano Javier, caminando por la Barriada España, donde vivió hasta los ocho años. Un regreso a ese Jerez que vemos en blanco y negro en imágenes de archivo de la serie “Rito y geografía del cante” o mucho más antigua en una película de Benito Perojo. Una ciudad bien distinta que se retrata desde la tradición y la vanguardia, pero sin afán de confrontación, bien al contrario, sino desde ese amor por el arte inequívoco al pasado, pero con sumo respeto a los que han envejecido, se han adaptado a los nuevos tiempos y a los que se van abriendo camino mezclando rap, hip hop, rock o blues. El flamenco, lenguaje universal, casa con cualquier otra manifestación, es libre, único, pero abierto y sentido. Pertenece, según dice uno de los personajes que salen caminando, al pobre, a los arrabales, asociada al gitano en Jerez, con letras que encierran todo un mundo en pocas frases y expresiones imposibles de traducir y provocar el mismo sentimiento en esos subtítulos en inglés que aparecían en la pantalla ayer en la sala.

Los directores plantean este estudio de Jerez de la Frontera a través de siete recorridos–el dormido, soñado, fantasma, onírico, zombie, sonámbulo y durmiente– que nos presentan a diferentes personajes y artistas y donde nos hablan de intelectuales, escritores amantes del flamenco como Caballero Bonald, se recitan versos, recuerdan a los puristas y a artistas del cante jondo que deberían ser más reivindicados. Asistimos a la apertura con el cante místico, desgarrado y mayestático encima de un caballo en la primera actuación de José de los Camarones a la que le sigue fusionado en un plano secuencia otro espectáculo de cante y baile que sale en tropel andando a la calle como una versión andaluza y del pueblo del musical último de Léos Carax. Cerrando con lo heterodoxo de Tomasito, que te gana al momento, colocando en medio todo un ejemplar desfile de famosos artistas de toda índole, algunos realmente pintorescos.

El resto del film alcanza un clímax que se mantiene arriba casi al mismo nivel, aunque hay momentos en que se supera incluso, pareciéndome sublime, no solo por lo sagrado de la parte del órgano en la Iglesia y los cantes con resonancias encadenadas, sino por otras partes, en apariencia “feas” visualmente, pero con una poesía desprendida por la persona en sí y su acertada ubicación. Aquel cantaor venido a menos, demacrado, que se tiene que sujetar en un asidero de un portal inmundo, desgastado como los escalones que pisa, pero que encierra uno de los momentos más heridos y emotivos del film.

Película planteada como el arte que renace en la noche, que no duerme, que pide a gritos ser libre, donde se para el tiempo y todo puede ocurrir. Aderezado con el ruido de los cascos de las yeguas en el pavimento, con silencio, con la omnipresencia de un caballo en cada actuación. Con planos aéreos iluminados de los barrios germen del flamenco, bellamente filmados en su nocturnidad, independencia y desobediencia que me han llevado a la casbah argelina que filmó Duvivier en “Pépé le Moko”, como un espacio al margen, singular, con un laberinto de callejuelas inexpugnable. Largos planos secuencia, cuidados con mimo, lentos, mucho cine que indaga en las tripas de los cantaores, que acaricia lo místico y que se desenvuelve por ese entramado urbano. Momentos vitales, jolgorio, cachondeo, sentido del humor, cine dentro del cine, mujeres interesantes, bellas. Elementos comunes del cine de García-Pelayo en este proyecto de 10+1 en un año, en el que da el do de pecho, pariendo la que más metraje tiene, en la que goza de más presencia y se sube a lomos de un caballo andaluz como un Quijote soñador que sigue dirigiendo con la energía desbordante de un joven de su edad.

Publicado en: 14/11/20225,4 min. de lectura1075 palabrasCategorías: Críticas, Festivales internacionales

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