Diario tamil cine de Gonzalo García-Pelayo 10 mas una

Elogios a las actrices de las dos Películas indias

En los últimos comentarios sobre las dos películas indias destacan los elogios a los actores o más bien actrices (5 por 1) que las interpretan.

José Manuel Cruz en un afortunadamente exteeeeeeenso comentario (sólo aconsejable para los muy amigos) que me parece de lo mejor que se ha escrito sobre mi cine, destaca las actrices y elementos comunes de estas seis primeras películas.

¡Su texto me hace comprender mejor la película! Cierra su crítica (ay si se publicaran críticas así en los periódicos de papel) con este párrafo que guardaré siempre entre máximos (gracias José Manuel):
«Y lo verdaderamente prodigioso de Diario tamil (como en todo el cine de Gonzalo García-Pelayo) es que todo ese abanico conceptual no acaba siendo una carga pesada para la película, no la convierte en un obra densa y espesa, sino que la misma sigue siendo ágil, liviana y espontánea. Diario tamil viene a ser, de forma milagrosa y casi inexplicable, una pluma casi ingrávida que flota movida por una brisa ligera y suave y que, como el Aleph de Borges, encierra para nuestro asombro todos los misterios de la eternidad.» Esta dos películas indias están desbordando mis previsiones.

Va:
DIARIO TAMIL: LIBERTAD PARA LA CATARSIS (Este texto fue escrito por el autor entre el 9 y el 10 de julio de 2022 y es inédito.)

Con Diario tamil, Gonzalo García-Pelayo atraviesa el ecuador de su proyecto “El Año de las 10+1 películas” y, llegados a este punto, nos resulta difícil no considerar la serie, de momento (recalco lo de “de momento”), como una sucesión de dípticos que, más allá de las declaraciones del director sobre que su deseo esencial era realizar una serie de rodajes en sus lugares y escenarios predilectos, van articulándose según una grácil y peculiar coherencia. El primer díptico enfrentaba a la anárquica, libérrima y milagrosa Plaza del Pelícano de Sevilla en Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo (un espacio donde todo se volvía posible y realizable) con la planificada, robotizada e ingenierizada ciudad kazaja de Nur-Sultán en Ainur (un espacio en el que la modernidad parecía ahogar la posibilidad de lo inefable –en cierto modo, la película venía a ejemplificar ese alegato que el pintor y escultor César Manrique realizó en su caso contra Brasilia como ciudad no pensada para el hombre sino para la máquina–). El segundo díptico recorría ambos lados de la frontera hispano-portuguesa para hablarnos de los deseos, pulsiones e impulsos del cuerpo en Así se rodó Carne Quebrada y de los requerimientos, necesidades y fuerzas del espíritu en Alma quebrada. Ahora, con Chicas en Kerala y Diario tamil, que transcurren en Sri Lanka y el sur de la India, asistimos a la contraposición entre la mirada infantil que, libre de prejuicios e ideas preconcebidas, es capaz de aprehender el mundo en su totalidad de forma instantánea, lo cual veíamos en Chicas en Kerala, y las miradas de personas adultas que necesitan librarse de cargas, lastres y atavismos del pasado y descubrir nuevos enfoques y perspectivas para volver a recuperar su pureza y su armonía con el mundo, que es lo que contemplamos en Diario tamil.

Como suele suceder en las películas del director, esta es diferente a todas las demás pero, al mismo tiempo, conserva la mayor parte de sus preocupaciones temáticas y estilísticas, esbozadas siempre con contundente nitidez pero con delicada sutileza, sin ningún tipo de subrayado innecesario o redundante.

Empecemos por un elemento que ya estaba presente en Vivir en Sevilla, en Alegrías de Cádiz, en Amo que te amen, en Nueve Sevillas, en Así se rodó Carne Quebrada o en Alma quebrada: y es que Diario tamil es “cine dentro del cine” (o, mejor, insinúa, así como de pasada, que es “cine dentro del cine”), es una película “metalingüística” o “metacinematográfica” (si queremos ser aún más precisos), en la que cine y vida se dan de la mano para realimentarse mutuamente.

Si revisamos la, posiblemente, primera obra artística auténticamente relevante que sea “arte sobre el arte”, habría que hablar, inevitablemente, de Las Meninas de Velázquez, un cuadro que trata de un cuadro que se está pintando y que nunca llegaremos a ver porque el lienzo nos da la espalda. En dicha obra, el alcance, vamos a decir, “metalingüístico” se logra con la presencia del propio pintor, que contempla atento la escena que quiere representar en la pintura que está realizando, y de un espejo que refleja la imagen del matrimonio real (Felipe IV y Mariana de Austria), de modo que todo espectador que se sitúe ante el cuadro podría creer que es su propia imagen la que puede ver en ese espejo estratégicamente situado: en Las Meninas, el espectador se convierte en el monarca, en la pieza situada en el lugar más elevado jerárquicamente del grupo, ya que es el único capaz de reconstruir mentalmente el escenario tridimensional que, en última instancia, la pintura busca recrear.

En Diario tamil, antes de que transcurra el primer tercio el film hay tres elementos que serían correlatos paralelos a los tres elementos fundamentales de la obra velazqueña que acabamos de mencionar. En primer lugar, la presencia del director en la primera escena de la película. En segundo lugar, en la culminación de la deslumbrante secuencia narrativa inicial (de la que hablaremos a continuación) con una cámara subjetiva que muestra unas pinturas en las rocas situadas en lo más alto del macizo de Sigiriya en Sri Lanka (cámara subjetiva que vendría a cumplir la función del espejo en Las Meninas). En tercer lugar, en la referencia que el personaje de Darío (interpretado por Javier García-Pelayo) hace a un amigo de quien dice que le gustaría realizar una película cuya intención sería, casi como si fuera un programa radiofónico, hacer escuchar música india a los espectadores y en la que las imágenes fueran la excusa para dicho propósito, descripción que encaja a la perfección con lo que, precisamente, es Diario tamil (es decir, dentro de la película, se nos habla de una película que es la propia película que estamos viendo).

Esta íntima imbricación que se da entre cine y vida en Diario tamil ayuda a reforzar esa impresión de “cosa vivida”, de “cotidianidad retratada casi sin intermediaciones” que transmite la película y que conecta con, prácticamente, todas los anteriores films del director y justifica ese estilo solo aparente “informalista”, aparentemente “desgarbado” en muchas ocasiones, del que Gonzalo García-Pelayo hace gala en sus últimos films, que es tributario de la contemplación y la admiración que, respectivamente, el director ha realizado y ha sentido de directores como John Ford, Yasujiro Ozu, Apichatpong Weerasethakul o Lav Díaz, en los que la ascesis y la depuración formal tienen más peso que cualquier tipo de barroquismo o alarde visual, un cine que es la oposición (en el caso de los directores contemporáneos, consciente y deliberada) a esa tendencia actual de entregarse a una estética de videoclip con todo tipo de alharacas y retruécanos estilísticos. Para poder “rodar viviendo”, el propio rodaje no puede ahogar la vida que acontece ante los dispositivos de registro visual y sonoro, ante los medios técnicos en general, tiene que reducir a su mínima expresión el marco restrictivo que pueda asfixiar el desenvolvimiento de los actores/personajes (habría que decir personas/actores/personajes, ya que es muy difícil separar todas esas facetas de los integrantes del reparto en las películas del director) y, de este modo, la cámara se pone al servicio de esos personajes mientras hablan, caminan, conocen, escuchan, cantan, aman y, en definitiva, viven. No es una forma al margen y por encima de los personajes, sino una forma al servicio de los personajes y sus vivencias, una forma que busca ser, en consecuencia, absolutamente humanista (no es posible mencionar ni imaginar una influencia mayor del cine de Ford u Ozu).

Para facilitar este riguroso y disciplinado “informalismo”, la película, tal como sucedía en Chicas en Kerala, reparte sus cartas en sus primeros minutos, antes incluso de que aparezca el título de la película, para dejar absolutamente clara su intención para el espectador más atento y perspicaz, y permitir que el trasfondo del film no encorsete el desarrollo de la trama. Como ya hemos dicho, en la primera secuencia, vemos la imagen del director e, inmediatamente a continuación, vemos al trío protagonista aproximarse a un macizo situado en Sigiriya (Sri Lanka). Para llegar a lo más alto del mismo, hay que subir unos largos y empinados tramos de escalera y, en ese comienzo del film, uno de los personajes (Javier García-Pelayo) desiste de seguir al pie de las primeros escalones y, con posterioridad, otro de ellos (Selina del Río), abandona el continuar con la subida cuando empiezan los tramos más complicados. Sigue adelante la última de las integrantes del terceto de personajes principales (Ginneth Moreno) y, cuando llega a lo más alto, podemos contemplar unas maravillosas vistas de los paisajes que rodean ese bloque rocoso y, como ya hemos dicho con anterioridad, unas pinturas realizadas sobre las rocas, unas pinturas prodigiosas que solo se pueden ver tras un largo y esforzado trayecto.

No hay mejor manera de representar el proceso hasta llegar al milagro y la revelación (otra constante del cine del director: pensemos en los desenlaces de Vivir en Sevilla, Rocio y José, Alegrías de Cádiz, Todo es de color… ¿para qué seguir?), un proceso que no todos desean, se atreven y consiguen llevar a cabo pero que, si se lleva hasta el final, conduce a un descubrimiento único. Aquí queda resumido todo el espíritu de la película: ese proceso de descubrimiento, autodescubrimiento y purificación por parte de los protagonistas es al que vamos a asistir a lo largo de los 71 minutos del film.

Para comprender ese viaje (otra constante autoral más que aquí vuelve a hacer acto de presencia) que realizan los tres personajes principales de Diario tamil (Zoe –Selina del Río–, Asia –Ginneth Moreno– y Darío –Javier García-Pelayo–), hay que tener en cuenta la relación entre ellos. Los tres conforman un trío sentimental, una relación a tres (una “trieja”, según el término –generado a partir del de “pareja”– que utiliza Lucía Etxebarría en su libro Más peligroso es no amar), que viven dicha relación de forma absolutamente espontánea y natural, sin necesidad alguna de teorizar, explicar o racionalizar. Se trata de la vivencia per se, pura y simple, experimentada según fluye y se desarrolla, casi como esa intuición de la que, como una de las tres formas de adquisición de conocimiento (junto al análisis racional y la revelación), se habla en un determinado momento de la película. Sería la encarnación, nacida de la entrega incondicional al curso de la realidad tal como la misma va surgiendo (“no estamos sobre el espacio y el tiempo, flotamos sobre ellos” reza uno de los rótulos del film), del dejarse llevar por los hechos sin exigir nada de los mismos (“¿no hay que esperar nada más que lo que el mundo nos da?”, se pregunta otro de esos rótulos).

En cierto modo, podemos entender que solo a partir de dicha forma de ver la vida es como se podría llevar a cabo un proceso de búsqueda y autodescubrimiento como la película nos muestra, solo a partir de dicha actitud, abierta, serena y desprejuiciada, es cómo se pueden dar los pasos siguientes hasta llegar al final del mismo y realizar hallazgos que puedan, realmente, cambiarnos la vida.

(Momento de Diario tamil en el que Ginneth Moreno y Javier García-Pelayo conversan sobre el análisis racional, la intuición y la revelación como formas de adquisición de conocimiento)

Pero, llegados a este punto, y ya hemos hablado de muchos temas, no hemos hecho referencia aún al eje fundamental de Diario tamil, como es su música (efectivamente, aquí tenemos otra de las claves del cine de Gonzalo García-Pelayo: la música como modo de articular narrativa y estructuralmente las películas). En un momento casi al comienzo del film, los tres protagonistas hablan con Tristán Muntadas Prim, quien nos ofrece una pequeña lección magistral sobre los principales intérpretes de música en la India, afirmando que la música de ese país es la mejor del mundo y que todo en aquel lugar es música. Y, de esta manera, Diario tamil es una película que hay que escuchar con tanta atención como se contempla (en la línea de la reciente Memoria de Apichatpong Weerasethakul, de la que se ha dicho que busca entender el mundo “según sus vibraciones y sus frecuencias”) porque las distintas composiciones musicales que se van encadenando terminan constituyendo la columna vertebral secreta del film (bien como banda sonora extradiegética, acompañando las distintas escenas, como diegética, cuando vemos actuar a los músicos o los personajes escuchan y disfrutan de esa misma música a través de sus auriculares). Y, como culminación de esta estructura implícita, como clímax paradójicamente explícito, está el momento en que Selina del Río, en plena calle, se atreve a cantar una de las canciones de esa música milenaria en uno de los lugares donde esa misma música se gestó, acompañada por artistas locales, representación máxima de lo que es absorber la vida, asimilar la realidad que nos rodea y entregarse a ella sin miedos ni temores, momento que simboliza a la perfección todo lo que los protagonistas hacen a lo largo de la película. Cada uno de ellos, todos juntos pero cada uno con su propio camino de búsqueda, acaban llegando a un punto en que el viaje les ha hecho cambiar para siempre, que les ha llevado a un estado espiritual en el que, por más o menos tiempo, han logrado recuperar y alcanzar la armonía que anhelaban.

Pero ni tan siquiera con esto agotamos todas las vertientes temáticas de la película. Podríamos hablar de su referencia a las matemáticas (explícitamente, se hace referencia al 108 como número mágico pero, implícitamente, el número 3 también conforma otro de los ejes secretos del film: tres protagonistas, un trío sentimental, tres formas de adquisición de conocimiento, tres guías turísticos diferentes…), de su referencia a las vocales, a los sonidos y a la energía, de los lugares mágicos que van enlazando las experiencias de los personajes… Y lo verdaderamente prodigioso de Diario tamil (como en todo el cine de Gonzalo García-Pelayo) es que todo ese abanico conceptual no acaba siendo una carga pesada para la película, no la convierte en un obra densa y espesa, sino que la misma sigue siendo ágil, liviana y espontánea. Diario tamil viene a ser, de forma milagrosa y casi inexplicable, una pluma casi ingrávida que flota movida por una brisa ligera y suave y que, como el Aleph de Borges, encierra para nuestro asombro todos los misterios de la eternidad.

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