Yo no te necesito para ser yo

Bruna de Gonzalo García-Pelayo

BRUNA (2023) Gonzalo Garcia Pelayo

Yo no te necesito para ser yo

Ver ayer la segunda película del nuevo proyecto de Gonzalo «Otro año, diez más» (6+4) me ha resultado muy satisfactorio. Con esto de las RRSS y las publicaciones a modo de diario de rodaje que el director iba poniendo en su muro durante el mes de mayo, ya me iba haciendo una composición de ella a través de las imágenes publicadas y algún comentario. Imposible imaginar o acercarse a lo que vi ayer, pero sí me agradó ver que el personaje de Bruna, sus parejas, su antigua profesora o su director de teatro se colaron antes de tiempo con esto del cine «en directo» que nos brinda generosamente García-Pelayo, resultándome muy familiares y sintiéndome cercana a la película.

Ayer se lo comenté en un arrebato nocturno: «eres y no eres tú». Me resulta un García-Pelayo evolucionado, que busca una introspección, más contenido, reflexivo y sobrio. Minimalista como el escenario exento de la última escena. Hasta más frío, en apariencia. Sus colores son apagados, violáceos, beiges, otoñales, excepto el abrigo rojo de Bruna en una escena. No hallo esos ímpetus del anterior proyecto, el jolgorio, hay menos celebración de la vida, esa «imperfección perfecta» que tanto le gusta, en la que gana la interpretación cobrando una gran importancia. No hay sexo, ni se canta; no hay imágenes aéreas. Un cine que mira hacia dentro, de interior -físico y mental-, aun en las partes al aire libre en la ciudad. El amor pasa por desamor y la búsqueda de una misma. Se digiere de otra forma este nuevo cine que nos ofrece.

Pero sí está la mujer, su puntal fundamental, a la que rodea de otra forma. La cuida, la aconseja, la hace evolucionar, la valora, hace que se valore y se exhiba. Se la escucha expresarse en grupo con naturalidad y complicidad. La hace sentir sensual, que vibre, se enfade, se desgarre en algún momento, perdone y que su veneno al final sea el remedio.

Como siempre, destaca por su singular forma de narrar. Cuando se detiene en un plano fijo sobre Bruna -, que sostiene el primer plano con solidez y con gran fuerza, con una atrayente mezcla entre fragilidad y firmeza- al inicio todos los segundos que sean necesarios sin hablar. Que casi sólo la veamos a ella cuando se reencuentra con Nico -una antigua pareja con la que el final fue amargo hace seis meses-, y éste dialoga huidizo mientras ella le clava su mirada lacerada, le interpela con dolor y se desmorona durante casi veinte minutos, sin decaer el tono.

A través de un dilatado y onírico travelling en un contrapicado cada vez con más angulación siguiéndola, liberada y abrazada por una arquitectura moderna de edificios altísimos de Buenos Aires con resonancias de Antonioni, que en mi entusiasmo me llevan a esa Jeanne Moreau que se pasea rota y solitaria por la ciudad. A través de una música tan envolvente, como chirriante por momentos, acorde al desorden mental y amoroso de Bruna.

García-Pelayo apuesta de nuevo por el cine-verdad en este caso con más acento, apoyado en hechos reales y conversaciones improvisadas que provocan que su resultado condicione el rodaje posterior, teniendo que escribir el guion al día siguiente. Cine que se construye mientras se realiza, con costura en directo, que aflora y está vivo. Teatro dentro del cine, representación de episodios vitales que tratan de curar, a la vez que duelen. Cine dentro del cine, con esa claqueta que lleva Rocío en la barca antes de rodar, como lo haría Jacqueline Bisset en el coche en la película de Truffaut.

Rocío se come la cámara, Eva Bianco es un ángel que en unos minutos brilla y los ojos de Pablo Ragoni hablan.

Estrella Millán Sanjuán en su muro de facebook: https://www.facebook.com/estrella.millansanjuan

Publicado en: 19/09/20233,4 min. de lectura686 palabrasCategorías: Cine Argentina

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