Letra Global

García Pelayo y su ‘Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo’

Cineteca Madrid acoge una retrospectiva de las películas de 1975 a 1986 de este creador inclasificable, que hizo saltar la banca de Montecarlo

Ignacio Vidal-Folch
Por Ignacio Vidal-Folch
El polifacético Gonzalo García Pelayo / EFE
El polifacético Gonzalo García Pelayo / EFE

Se presentó este jueves en el auditorio del Reina Sofía Gonzalo García Pelayo (Madrid, 1947), supuestamente para hablar de la retrospectiva de sus películas que va a proyectar Cineteca Madrid durante estas semanas en la sede de Matadero y en el mismo museo de Atocha, bajo el título Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo.

O sea, una completa revisión de las películas de los años entre 1975 y 1986, un cine singular, vitalista y fuera de normativa (un cine “contracultural”, dijo Pelayo, “pero lo contracultural pasa luego a ser cultural, pasa a integrarse en la cultura, lo cual, por cierto, a mí no me parece ni bien ni mal”), que ya era mítico para algunos círculos de avisados y que cada vez encuentra más atracción entre los jóvenes realizadores.

El público abarrotaba la platea para escuchar a García Pelayo; tanto para oírle hablar de su cine como para ver de cerca a un héroe moderno, a un personaje que en los años noventa supo cumplir el sueño imposible de media humanidad: saltar la banca del casino de Montecarlo. Pues él lo hizo, y no sólo con el casino de Montecarlo sino con todos los que se encontró por Europa y Estados Unidos, con la complicidad de un bien coordinado equipo de parientes y amigos (“los Pelayos” les llamaban) que durante largas horas de varios días seguidos se dedicaban a anotar las series de números que salían premiados en cada ruleta, recolectando así un gran número de datos antes de que circulasen los ordenadores, para luego apostar con seguridad matemática, y ganar y ganar y ganar.

Cómo ganar en la ruleta

Así, hasta que se les vedó la entrada en los casinos y se cambió el sistema de producción de las mesas de ruletas para corregir su inclinación de fábrica y hacerlas más impredecibles e invulnerables: a las nuevas mesas se las llama “antipelayo”.

Don Gonzalo había sido también productor musical de Lole y Manuel, de Aute, de Camarón, etcétera, entre otras profesiones. El público, como decíamos antes, esperaba que diese una clase magistral sobre cómo ganar a la ruleta. O sobre el tema que le había traído a Cineteca, a Matadero, al Reina Sofía, es decir, sus películas de la transición.

Matemáticas

O que dijese algo sobre las películas que rodó el año pasado y que podrán verse en Matadero a partir del próximo septiembre: once nada menos, once (algunas son cortometrajes, según creo), en un alarde de creatividad y energía, financiadas, además, de una manera muy pelayesca: “Me fue bien con unas criptomonedas que tenía… además de que entre todas sólo me han costado un millón de euros”.

Lo que no se esperaba nadie es que saliese al proscenio, donde le esperaba una pizarra, en compañía del matemático y profesor canario Ricardo Peitaví. Hace unos años Peytaví fue reclamado telefónicamente por su amigo Pelayo a Madrid (“ven, tengo algo que puede ser importante y te necesito”); acudió, solícito; escuchó las intuiciones, ideas y conceptos de su polifacético amigo (que tiene sólidas nociones de matemáticas pero no es un profesional de las mismas); y tras leer “dos mil artículos en revistas especializadas y quinientos libros” firma con él el libro que presentaron en el Reina Sofía: Demostración de la conjetura de Goldbach e inecuaciones de los números primos.

El secreto de los números

Vinculada estrechamente a la Teoría de los números, esta conjetura, que es la más enigmática de las matemáticas y que está por resolver desde su formulación en el siglo XVIII, establece que todo número par mayor o igual a 4 puede descomponerse como la suma de dos números primos. Su veracidad ha sido demostrada mediante ordenadores para todos los números pares hasta cuatro trillones. Pero cuatro trillones es un número insignificante comparado con el infinito y nadie había sido capaz, hasta ahora, de encontrar una demostración formal de la validez de la tesis.

A la resolución de esa conjetura de Golbach es a lo que han dedicado ambos muchas horas de estudio y todos sus ratos libres  –“mientras navegaba por Canarias pensaba en ello”, dijo Peitaví; “en los viajes en Metro no pensaba en otra cosa”, dijo Pelayo– durante seis años. Y de lo que hablaron ambos sabios en el Reina Sofía, llenando de fórmulas –por otra parte sencillas e inteligibles– la pizarra, es de su solución, elegante y prometedora, desarrollada en el mencionado libro.

El hombre que hizo saltar la banca

Por norma general las innovaciones científicas y matemáticas se remiten a en revistas especializadas, donde un tribunal de especialistas les da validez con su publicación. Preguntado por qué no seguía este camino ortodoxo para dar a conocer su descubrimiento, Pelayo dijo que ya lo publicaba él, que ya vendrían las revistas a leerle en su libro. Y que de todas maneras, no siendo él matemático, no hubiera pasado los filtros para exponer su tesis en esas revistas.

¿Estará en lo cierto? Como hemos dicho, la tesis era claramente inteligible para un lego –pero sería largo exponerla aquí– y muy elegante. Todo escepticismo es legítimo, claro, pero sin olvidar que este señor excéntrico, lejos de ser un impostor o un piernas, es el que hizo saltar la banca de los casinos de Montecarlo, de Baden, de Las Vegas y también de Torrelodones.

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