Chikas en Keralas críticas

«…toma de la mano al espectador y en los deslumbrantes diez primeros minutos de la película (uno de los mejores fragmentos de toda su filmografía) lo hace ponerse en los ojos de Lucía, la niña pequeña del film.»

«Chicas en Kerala» es la sexta película de la serie de once. José Manuel Cruz escribió un magnífico y adelantado comentario con grandes conocimientos sobre el cine que se ha hecho en la India y sobre la India:

CHICAS DE KERALA: LOS OJOS DE LUCÍA, LOS OJOS DE LA DIOSA. (Este texto fue escrito por el autor el 18 de mayo de 2022 y es inédito).

Tras haber visitado la sevillana Plaza del Pelícano en Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo, la ciudad kazaja de Nur-Sultán en Ainur y habiendo recorrido ambos lados de la frontera hispano-portuguesa en Así se rodó Carne Quebrada y Alma quebrada, el proyecto “El Año de las 10+1 películas” de Gonzalo García-Pelayo llega al sur de la India para ofrecernos dos películas más de este peculiar, insólito e irrepetible ciclo: Chicas en Kerala y Diario tamil. Pensar en este escenario es recordar, inmediatamente, El río (1951) de Jean Renoir, El tigre de Esnapur (1959) y La tumba india (1959) de Fritz Lang, India (1959) de Roberto Rossellini, Appunti per un film sull’India (1968) de Pier Paolo Pasolini, Oriente y Occidente (1983) de James Ivory, Pasaje a la India (1984) de David Lean, la serie La joya de la corona (1984), basada en la tetralogía Raj’s Quartet de Paul Scott, Slumdog Millionaire (2008) de Danny Boyle y Loveleen Tandan o Lion (2016) de Garth Davis, obras en las que las miradas occidentales de los realizadores acabaron siendo subyugadas por la fuerza, la energía y las vibraciones de un país inconmensurable y abrumador que siempre termina imponiendo en las imágenes su idiosincrasia y su particular visión del mundo y de la realidad, en la que lo aparentemente contingente y aleatorio es, al final, una pieza esencial de un destino prefijado desde siempre por divinidades infinitas. Por desgracia, el propio cine indio nos es menos conocido y, en un artículo que publiqué el 18 de mayo en Cine Arte Magazine , mencioné algunos de los títulos que sí han llegado a Occidente y que cuentan con un merecido prestigio como Sant Tukaram (1936) de Vishnupant Govind Damle –claro antecedente del neorrealismo italiano–, Andaz (1949), Aan (1952) y Madre India (1957) de Mehboob Khan, la “Trilogía de Apu” –Pather Panchali (La canción del camino) (1955), Aparajito (El invencible) (1956) y Apu Sansar (El mundo de Apu) (1959) –, Devi (1960) y Charulata (1964) de Satyajit Ray, Kaagaz Ke Phool (1959) de Guru Dutt –calificado por el historiador del cine Mark Cousins como el “Orson Welles” indio–, la trilogía Fuego (1996), Tierra (1998) y Agua (2005) de Deepa Mehta, Samsara (2001) de Pan Nalin, Gangs of Wasseypur. Parte 1 (2012) y Gangs of Wasseypur. Parte 2 (2012) de Anurag Kashyap, La estación de las mujeres (2015) de Leena Yadav o Dhanak (2015) de Nagesh Kukunoor.

Todos estos antecedentes previos y todo lo que significa la India en el imaginario occidental, el choque y la atracción que se produce con su cultura, su plasmación en el cine por autores de primera categoría, podrían ser entendidos como un desafío que habría que intentar superar o, como mínimo, igualar. Pero, en Chicas en Kerala, Gonzalo García-Pelayo emplea una estrategia narrativa que da la vuelta no solo a esa idea inicial que podríamos tener sino a un elemento que siempre ha sido estructural en su cine. Si, presuntamente, se trataría de hacer un retrato de cómo tiene lugar la revelación de lo sublime, de cómo la India acaba transformando la visión que de la realidad tienen quienes la visitan, en esta película partimos de lo que es ya sublime de por sí para que todo lo que veamos después lo contemplemos desde la perspectiva de lo grandioso, de lo absoluto, de lo inaprehensible, de lo que está más allá de la razón superficial. Si, por otro lado, en el cine de Gonzalo, suele producirse, al final de muchas de sus películas, un hecho que podríamos definir como milagroso, aquí el encuentro con lo inefable tiene lugar en el mismo comienzo, de forma que Chicas en Kerala no es cómo se llega a una revelación de carácter catártico sino qué sucede cuando ya somos conscientes de esa relevación, de manera que podemos entender la película como una reflexión o una exploración de cómo se afronta la vida cuando hemos descubierto una dimensión insospechada del mundo y hasta del universo. Es decir: y, después del milagro, ¿qué? Si en muchas películas, pienso en Ordet de Dreyer y en todo el cine de Bresson, la película acaba cuando el milagro hace acto de presencia, Chicas en Kerala se plantea como el adentrarse en un territorio nunca explorado cinematográficamente: ¿qué hay cuando ya hemos sido testigos del hecho milagroso?

Gonzalo García-Pelayo toma de la mano al espectador y en los deslumbrantes diez primeros minutos de la película (uno de los mejores fragmentos de toda su filmografía) lo hace ponerse en los ojos de Lucía, la niña pequeña del film, para ponerle en el lugar y punto de vista de la descubridora perfecta, de aquella cuya mirada está libre de prejuicios e ideas preestablecidas y que, por tanto, es capaz de absorber todo según la percepción integral que los sentidos ofrecen, sin pasar por ningún tipo de filtro reduccionista o simplificador. A partir de ahí, toda la película es los ojos de Lucía, los ojos de esa niña, los ojos de, a fin de cuentas, esa diosa, de una niña/diosa en torno a la cual giran paisajes, situaciones, personas y meditaciones, convirtiéndose en el centro del film y de su trama, una plasmación de cómo, vaciando nuestra mente, todo es un hallazgo renovado, una sucesión de encuentros siempre nuevos, un flujo incesante de descubrimientos y revelaciones.

La vida como milagro continuo.

Como suele suceder en todas las películas del director, cada una de ellas es completamente diferente al resto y en función de lo que ya he expuesto, Chicas en Kerala ya presenta un rasgo diferencial más que acusado en el desarrollo de su argumento. Pero, al mismo tiempo, en todas ellas late un universo temático común que aquí vuelve a reiterarse. Las tres actrices protagonistas, Silvia Rubí, Cristina García-Pelayo (madre de Lucía) y Lucía García-Pelayo representan, cada una de ellas, a una edad o etapa de la mujer, de la misma forma que el director ya realizó en la trilogía formada por Niñas, Niñas 2 y Mujeres heridas su exploración de tres edades diferentes del ser humano femenino. Las tres actrices representan esa dicotomía entre “la mujer” o “una mujer” que está explícitamente presente en la obra del realizador desde Vivir en Sevilla. Las tres mujeres de Chicas en Kerala llevan a cabo un viaje/peregrinación tal como hacían los personajes de Frente al mar, Corridas de alegría, Rocío y José, Tres caminos al Rocío, Todo es de color, Ainur, Así se rodó Carne Quebrada y Alma quebrada. Y hay, como centro de la película, una búsqueda personal que es, a la vez, autoconocimiento y comprensión simultánea de lo externo, búsqueda de una armonía del ser individual con el mundo que resuelva la contradicción inicial existente.

A partir del fascinante arranque de la película, todo lo que sigue, un conjunto de vivencias, encuentros y conversaciones ligados por una levísima pero enjundiosa y sustanciosa trama, lo vemos desde un punto de vista intensamente marcado por lo que dicho arranque ha dejado impreso en nuestra percepción como espectadores. Porque no podemos evitar el seguir ese conjunto de experiencias como una reflexión sobre la dialéctica entre lo cambiante y lo inalterable, entre lo voluble y lo permanente, entre lo contingente y lo fundamental. La gran paradoja a la que nos lleva Chicas en Kerala es que el cambio, la sucesión incesante de cambios, es la mejor manera para descubrir lo que no cambia, para no engañarse sobre lo que consideramos equivocadamente perpetuo y cerciorarse, en cambio, de lo que es verdaderamente inconmovible. Siendo conscientes de lo que está destinado a cambiar, podemos alcanzar y discernir lo que no cambiará nunca.

Pero también está presente en Chicas en Kerala esa obsesión del director por el mundo femenino, por el eterno femenino (podríamos decir en función de lo expuesto en el párrafo anterior), por ese espacio íntimo y emocional que pertenece exclusivamente a la mujer y que se convierte en foco privilegiado de descubrimientos y prodigios (con la maternidad como prodigio mágico y esencial), en esa concepción del conjunto de mujeres como una entidad única, LA MUJER, que puede ser considerada como eje central del universo, MUJER que es eternamente buscada y nunca se alcanza, MUJER que existe por sí misma, que puede existir sin necesidad del hombre (como decía Javier García-Pelayo en Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo, la mujer “es” mientras que el hombre “está”, diferencia básica y primordial, y, como ya ha quedado confirmado en múltiples ocasiones, las interconexioes entre las diferentes películas de Gonzalo García-Pelayo son continuas y multifacéticas) y que aquí, como en Niñas, como en Niñas 2, como en Mujeres heridas, ocupa una película en la que lo masculino está ausente porque no se requiere para explicar lo que es la definición de permanencia.

Silvia Rubí, Cristina García-Pelayo y la pequeña Lucía García-Pelayo nos hacen partícipes de su peregrinación y, desde los ojos de esa diosa-bebé, nos enseñan los maravillosos paisajes y personajes del suroeste de la India (una catarata mareante de color y vivacidad) y, al mismo tiempo, a través de sus gestos y de sus palabras, nos proporcionan lecciones de vida en las que, alejadas de la confusión, la opacidad y la sofisticación, residen las claves básicas y fundamentales de lo que tenemos que conocer para no llevarnos al engaño. Como siempre, la India en el cine siempre es una apelación a limpiar nuestros ojos y nuestras neuronas de suposiciones y sobreentendidos que nos distancian de la plena autenticidad. Como si el país invitara a ello, esa limpieza se acaba transmitiendo al estilo de los directores occidentales que van a él a filmar y, como en el caso de Chicas en Kerala, sus películas, en un proceso de insólita ascesis, se depuran de lo prescindible e innecesario para ofrecer al espectador el núcleo desnudo de la sencillez.

Ver en el siguiente enlace: http://www.cineartemagazine.com/…/india-y-el-cine-en-30….

También me gusta mucho lo que escribió Javier Ikaz recientemente:

Chicas en Kerala (Gonzalo Garcia Pelayo, 2022).

Gonzalo rueda como respira, y se siente cómodo tanto en Sevilla como Portugal o la India, es un ciudadano del Mundo, curioso, un cineasta-turista. En esta ocasión Silvia Rubí, que ya vimos en Así se rodó Carne quebrada, Cristina García Pelayo y su hija (la nieta de Gonzalo) recorren Kerala en busca de conocimiento, hablando con las personas del lugar. Una película reportaje, que se acerca con mucho respeto y delicadeza a un mundo muy distinto al nuestro. Todo en el cine del director es realidad y ficción, todo es inesperado.

Kathakali es un estilo de danza teatro clásico de la zona de Kerala, al sur de la India. En ella los cantantes narran leyendas hindúes (provenientes del Mahabharata, del Ramayana y del Bagavata Purana) que los bailarines/actores personifican en escena …

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