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Miguel Martín vuelve a publicar su excelente crítica de nuestra película :

Con ocasión del estreno de "Todo es de color" en Filmin Miguel Martín vuelve a publicar su excelente crítica de nuestra…

Publicado por Gonzalo Garcia Pelayo en Martes, 18 de julio de 2017

Niñas dedicada a mi hija Vanessa

En los créditos de "Niñas" va la dedicatoria de la película que la he hecho en el recuerdo de como era Vanessa de pequeñ…

Publicado por Gonzalo Garcia Pelayo en Jueves, 31 de julio de 2014

12 comentarios
Comentarios
Fernando Arduan Que buena pinta tiene la película.

31 de julio de 2014 a las 10:43

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Elena Piñango Dice Vanessa “GRACIAS PAPA”. Yo digo “GRACIAS GONZALO, GRACUAS VANESSA, Y GRACIAS A TODOS LOS QUE HAN COLABORADO-PARTICIPADO EN ESTA PELI”

31 de julio de 2014 a las 11:00

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Aytani Kemitani Otra genialidad incluida en este hermosísimo proyecto, yo, al igual que Elena os doy las gracias con MAYÚSCULAS por dejarnos asomarnos a ésta experiencia tan creativa, profesional, altruista y gratificante ( y un infinito de cosas más)

31 de julio de 2014 a las 11:19

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Aytani Kemitani Deseando de poder verla al completo…pintaza!!!!

31 de julio de 2014 a las 11:21

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Soraya Kherfi Dale un beso muy fuerte de mi parte, hace tanto que no se nada de ella 

31 de julio de 2014 a las 12:06

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Pilar Enjamio BRAVO,GONZALO

31 de julio de 2014 a las 12:54

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Vanessa GP Alvarado Gracias papa, gracias a todos …..esto empieza a parecer la entrega de los Goya , mi padre respondería “espero que no” lo mismo pienso yo…. Esta película se merece más.

31 de julio de 2014 a las 17:43

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Vanessa GP Alvarado Soraya besos recibidos y tanto tiempo!

31 de julio de 2014 a las 17:45

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Antonio Atienza De esta niña me acuerdo yo.

1 de agosto de 2014 a las 12:20

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Mané Larregla Una niña muy mona.

2 de agosto de 2014 a las 23:31

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Rosa Avila Ha sido el alma y el angel de esta película. Ha esta do en todo con su sonrisa característica.Como es ella, como siempre ha sido. 

5 de agosto de 2014 a las 13:50

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Javier Garcia-Pelayo Cierto, gran trabajo en produccion, direccion, guion e interpretacion y baile… toma ya .. completita que es. Un beso

5 de agosto de 2014 a las 14:02

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Todo es de Color en Ubrique

10 de junio de 2017

Por Pepe Freire:

Cineando. Ubrique. Un grupo de entusiastas del cine, se reúne todos los viernes para ver películas proyectadas en una sala oscura. Ayer invitaron a Gonzalo Garcia Pelayo para ver su película TODO ES DE COLOR. Posteriormente hubo un jugoso coloquio, siempre es una gozada escuchar a García Pelayo hablando de lo que sea. Seguramente habrá mas sitios como este, pero yo me sentía como en el pueblo de Astérix. Un irreductible grupo de personas resistiendo, viendo cine y hablando de películas. Un buen ratito. Larga vida a Cineando.

Antonio Gutiérrez Villagrán y Gonzalo García Pelayo

 

Pequeño vídeo de la última temporada con un agradecimiento y un guiño a Gonzalo:

A Gonzalo García Pelayo –a quien pudimos ver y oír en la presentación, el pasado viernes 9 de junio, de su película Todo es de color (2016) en el cineclub Cineando en Ubrique– se le conoce por muchas cosas, y no siempre en relación a su brillante ejecutoria como cineasta y productor musical –entre otras cosas, fue responsable del mítico sello Gong, en el que publicaron sus discos muchos de los músicos y bandas que renovaron el panorama musical español a partir de mediados de los 70–. Es llamativo, por ejemplo, que una parte de su biografía esté ocupada por su empeño –muy fructífero, al parecer– en desarrollar un método de fundamento estadístico para ganar en el juego de la ruleta. La historia es sobradamente conocida y dio lugar incluso a una película, Los Pelayos (2012 ), dirigida por Eduard Cortés, en la que el actor Lluís Homar encarna al propio Gonzalo García Pelayo en el papel de cerebro de un clan familiar que trata de desbancar un casino.

Gonzalo García Pelayo.

Gonzalo García Pelayo.                                                                                                       Foto: cedida por Warner.

No deja de ser paradójico que el director de algunos de los títulos más significativos del cine undergroundespañol inspirara la trama de una película comercial diametralmente opuesta a la estética y postulados de su propio cine. En cualquier caso, el intervalo durante el cual la principal ocupación de García Pelayo fue el juego supuso un paréntesis de casi veinticinco años en su carrera cinematográfica. Atrás quedaban títulos tan significativos como Manuela (1976), basada en una novela de Manuel Halcón, pero a la que García Pelayo impuso un ritmo y una concepción visual que nada tenían que ver con las encorsetadas adaptaciones literarias entonces al uso; o la rompedora Vivir en Sevilla (1978), que hoy puede verse como un verdadero documento antropológico sobre los modos de vida y aspiraciones de toda una generación en un espacio concreto; o Frente al mar (1978), en principio una de tantas películas que trataban de aprovechar la recién inaugurada permisividad sexual, pero cuyo previsible pretexto argumental –un grupo de “progres” practica el intercambio de parejas durante un fin de semana en las playas de Chipiona– no impide que el director abra llamativamente el metraje a insertos documentales aparentemente desconectados de la trama, pero no exentos de intención: desde una subasta de pescado en la lonja local, en significativo contrapunto con una secuencia en la que los protagonistas ventilan sus contradictorios sentimientos posesivos tras la primera noche de intercambio de parejas, hasta una curiosa toma en la que el cantaor José el Negro hace una peculiar mezcolanza de romances aflamencados, que también parecen aludir irónicamente a la enrevesada tesitura en que se hallan los protagonistas.

En estas películas de su primera etapa quedan definidos los rasgos del cine de García Pelayo: sabor costumbrista y documental, apertura a la improvisación controlada –bajo el sobreentendido de que los actores, frecuentemente no profesionales, comparten con sus personajes determinados rasgos de carácter que basta dejar aflorar– y un curioso sentido del humor, el goce vitalista y el erotismo, gobernados por una especie de decantación callejera y bohemia de los ideales libertarios entonces en boga. No sorprende que éstos sean también los rasgos definitorios de los títulos que el director ha dirigido desde su vuelta al cine tras el paréntesis dedicado al mundo del juego. Sus últimas películas, en efecto –y muy significativamente la titulada Alegrías de Cádiz (2013)– conservan el espíritu y hechuras de las primeras, aunque inevitablemente su antigua mordiente corrosiva haya cedido el paso a una consideración entre nostálgica y elegíaca del goce de vivir, articulada en tramas que frecuentemente contrastan las actitudes de personajes muy jóvenes –léase, bellas e ingenuas muchachas– con la encallecida conciencia de supervivientes de quienes tienen la edad e ideales del propio director o de su alter ego y frecuente actor en sus películas, su hermano Javier García Pelayo.

El mítico grupo Triana.

El mítico grupo Triana.

Tales son los rasgos que afloran en Todo es de color, su último filme distribuido en los circuitos comerciales, aunque no el más reciente: en la página web del director pueden verse otras tres filmaciones posteriores, entre ellas la titulada Sobre la marcha (2016), que tiene mucho que ver con la que comentamos, por estar también protagonizada por Javier en su condición de baqueteado superviviente del viejo mundo underground y sus batallas. En Todo es de color, en efecto, será este personaje quien encabezará una nostálgica comitiva de moteros que, partiendo del cementerio madrileño en el que están enterrados dos de los tres miembros del mítico grupo de rock Triana, que García Pelayo produjo para su sello Gong, recorrerán diversos lugares relacionados con la estela sentimental de la banda y terminarán su periplo en Caños de Meca, donde reside el único miembro superviviente de la misma y tendrá lugar, con la participación de conocidos músicos, coetáneos y más jóvenes, un concierto-homenaje al grupo sevillano.

La película alterna sabiamente los momentos emotivos con las habituales escenas de improvisada comedia que aportan al cine de García Pelayo su característica componente bienhumorada y vitalista. Pero lo más llamativo, sin duda, es la curiosa ambivalencia con la que el maduro director estudia los semblantes y actitudes de sus coetáneos. No puede pensarse que no sea intencionado, por ejemplo, el contraste entre las estudiadas poses de todos estos viejos rockeros, enfundados en chupas de cuero y a lomos de potentes motos, y toda una amplia y variada colección de freaks que, de algún modo, los remedan o reflejan: entre ellos, el inefable personaje apodado “Falconetti”, que hace de involuntario bufón en la relajada tertulia congregada en torno a Eduardo Rodríguez Rodway, el último superviviente de la banda. Las desinhibidas risas de las nietas de éste ante las grotescas performances de “Falconetti” aportan un punto de frescura a este enrarecido entorno de personajes superados por el tiempo y las circunstancias. Igualmente, no deja de estar cargado de intención el encuentro entre Javier García Pelayo y una señora sevillana más o menos de su edad, pero en absoluto caracterizada como perteneciente a ninguna tribu urbana de ayer o de hoy, que cuenta al desmedrado rocker su brega durante décadas con un marido enfermo de Alzheimer: a pesar de la enfermedad, declara al asombrado Javier, siempre se sintió amada por él.

Una escena de 'Todo es de color'.

Una escena de ‘Todo es de color’.

¿Suponen estas contrastadas escenas algún tipo de puesta en cuestión de los ideales de una generación fundamentalmente narcisista y quizá inútilmente volcada a un nihilismo autodestructivo? Otra de las secuencias más destacadas de la película muestra una pesadilla en la que el citado Javier intenta salvar del suicidio a un compañero, víctima de un mal “viaje”. El director no carga las tintas, pero tampoco parece dispuesto a obviar la existencia de ese elemento oscuro en la historia de su generación. Su crónica, desde luego, puede hacerse desde las relajadas actitudes de quienes no sólo han sobrevivido, sino que incluso disfrutan ahora relajadamente de las prebendas de la sociedad de consumo. Todo es de color muestra abundantemente estos goces de la madurez bien adquirida: la música compartida alrededor de una hoguera, las bellas playas del sur, el roce con cuerpos hermosos y deseables, la prestigiosa mitología de un tiempo perdido. Pero entre los vivos colores evocados en el título –que es también el de una conocida canción de Manuel Molina que Triana incorporó a su repertorio– hay también, qué duda cabe, tonalidades oscuras. La película de Gonzalo García Pelayo no las esconde; pero, desde el vitalismo que caracteriza todo su cine, tampoco decanta hacia ellas su balance personal de un tiempo del que fue destacado protagonista, y de cuyos errores y aspiraciones todavía podemos aprender algo.

Nacimiento de la marca Los Pelayos

La marca LOS PELAYOS nació en el año 2003 año en el que Gonzalo e Iván García-Pelayo junto con la editorial Random House Mondadori publican el libro “La fabulosa historia de Los Pelayos” llegando a ser un Best Seller. Ya el libro contiene muchas anécdotas, como por ejemplo ésta en la que Gonzalo cuenta el punto de partida de aquella aventura de los casinos y la ruleta:

“¿Y si el crupier, cansado de hacer siempre lo mismo, tuviera una tirada algo automatizada y lanzara la bola y el plato de la ruleta a una velocidad parecida? Pues es de suponer  que la bola caería aproximadamente  a la misma distancia del sitio de donde salió.

—Javier —le digo a mi hermano—creo que tengo una idea que puede funcionar en la ruleta.

—Ya lo hemos intentado  otras veces y ahora acabamos de perder trescientas mil pesetas al black jack —me responde, arrancando  su coche desde la puerta del casino del Puerto de Santa María.

—Es verdad, pero en esas ocasiones el análisis era sólo matemático y la ruleta está blindada en ese terreno. Ahora se trata de mirarlo desde un aspecto físico. Si los relojes suizos o los cohetes de la NASA nunca  llegan a ser perfectos, las ruletas tampoco.

No puedo negar que antes lo había intentado como hacen la mayor parte de los sistemistas: creía erróneamente  que un número tenía mayor probabilidad  de salir cuando no aparecía en largas series anteriores. Me desengañó Monchi Cruz, que entonces estaba acabando de estudiar arquitectura  y ahora está reformando el Rijksmuseum con Antonio Ortiz. Me afeó mis vulgares creencias y yo también prometí reformarme.”

Foto: Presentación del libro, de izquierda a derecha Gonzalo García-Pelayo, Carlos Herrera e Ivan García-Pelayo.

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El Tribunal Supremo dicta a favor de “LOS PELAYOS”.

EL TRIBUNAL SUPREMO DICTA A FAVOR DE “LOS PELAYOS”.

NOTA DE PRENSA.  Madrid, 23 de junio de 2004

El Tribunal Supremo ha rechazado el recurso presentado por El Casino de Juegos Gran Madrid, anulando así la prohibición a Los Pelayos de acceder a sus instalaciones por “cometer irregularidades  en la práctica de los juegos” y obtener años atrás varios premios en la ruleta utilizando técnicas basadas en el cálculo de probabilidades.

Los Pelayos utilizaban técnicas informáticas para descubrir imperfecciones en las ruletas. Observaban durante un tiempo la frecuencia de los resultados de las ruletas para, mediante una cálculo de probabilidades con un programa informático determinado y tomando como base las sentencias, predecir los posibles resultados ganadores con un mínimo margen de error.

En la sentencia hecha pública el 22 de junio de 2004, el Alto Tribunal establece que el sistema ideado por Los Pelayos para jugar a la ruleta se basaba en la “utilización del ingenio y la aplicación de la técnica informática. Sin más” Según describe la sentencia, ese ingenio llevó a Los Pelayos a “descubrir que en una o unas determinadas ruletas unos número tenían, por causas físicas atinentes a ligerísimas imperfecciones de construcción o colocación, imperceptibles a simple vista, más probabilidades que otros en resultar ganadores a lo largo de un tiempo de juego más o menos prolongado”

En palabras de Gonzalo García-Pelayo  “tan ilegal como pasar los números por la olla exprés”, quién se muestra satisfecho con la sentencia además de “por el gusto de ganar, porque el Supremo limpie definitivamente su imagen de tramposos”, como ya se había demostrado en su libro “la Fabulosa Historia de Los Pelayos”.

“Nosotros tomábamos datos que eran públicos, incluso el casino incentivaba a los otros jugadores a anotar los números que salían. Ofrecían los datos en paneles y entregaban hojas para anotarlos, pero para que los jugadores tomasen decisiones matemáticamente equivocadas. Nosotros hacíamos lo mismo que todo el mundo, pero con un análisis correcto”, añade Gonzalo.

El Casino les prohibió la entrada por las pérdidas que estaban teniendo, acusando a Los Pelayos de tramposos. La Delegación del Gobierno ordenó que les permitiesen la entrada y ahora el Tribunal Superior  concluye que “cuando Los Pelayos jugaron a la ruleta, el juego no dejó de practicarse con toda regularidad, sin manipulación alguna de la propia ruleta, sin sustituir la elección del número o números a cuyo favor se apuesta después del momento en que ello ya no es permitido, sin influir en momento alguno en el discurrir de la bola y del cilindro, con sujeción, por tanto, al azar del número en que la bola finalmente se pose”

“Es muy de agradecer que la sentencia reconozca nuestro ingenio y capacitación técnica y sobre todo que confirme definitivamente que estas técnicas no suponen ninguna trampa, que es lo que siempre hemos defendido” concluye Gonzalo.

Tras esta sentencia, es probable que volvamos a ver a Los Pelayos retando a los casinos, e incluso irán más allá, pues Gonzalo recomienda, además de la ruleta, aplicar otras técnicas para  los juegos del poker y  apuestas deportivas por  Internet. En este enlace podéis leer la prensa sobre la sentencia.

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Yo quería ser batería de los Pink Floyd…

YO QUERÍA SER BATERÍA DE LOS PINK FLOYD (O DE LOS BEATLES) Gonzalo García-Pelayo, Planet Poquer 2008

Estaba realmente harto de tener que llamar cinco veces cada mañana para hablar con algún mandamás de las compañías de disco. Entonces me atendían al teléfono (no como ahora) pero los tenía que perseguir esperando que acabaran todas sus reuniones.

Lo que más me atrajo para dedicarme a jugar a la ruleta fue el hecho de no tener que llamar  nunca más a nadie, moverme por donde quisiera, viajar y sentirme que no dependía de voluntades exteriores. Sólo de los vaivenes de la suerte pero que al final, jugando seriamente, sabía que tendrían resultado positivo.

Estando en Las Vegas, jugando a la ruleta, me entero en la tienda de libros de mi amigo Howard que allí los profesionales no juegan a la bola porque nadie ha descubierto como ganarla pero que lo hacen a la apuesta deportiva y al póquer. Para la apuesta deportiva tenía que esperar a conocer los deportes americanos o esperar a la vuelta a Europa. Pero el póquer estaba allí mismo y al contrario de lo que ocurría con los libros inexistentes que yo buscaba de ruleta, sobre póquer tenía tantos como los que ya había comprado sobre el black jack.

Empecé con Sklansky y vi como fácilmente se podía asimilar todo lo que estos jugadores habían estudiado y probado durante años. Mientras que con la ruleta me lo tuve que inventar todo, con este juego era solamente entender lo que otros habían desarrollado. Jugué un poco allí mismo y a la vuelta a España practiqué e hice muchos análisis con un gran programa que Howard me aconsejó. Se trataba del Turbo Holdem, programa al que todavía hoy mucho años después le dedico muchas horas de investigación sobre todo en el terreno del Holdem Limit, que, como comentaba Sir Donald en un magnífico artículo en esta misma revista, es el gran juego que puede ser estudiado y analizado desde el punto de vista más científico.

Otro hito de mi vida profesional fue comenzar con la partida de la calle Montera, en Madrid y un viaje que hice a Los Ángeles donde me habían dicho que proliferaban tremendos primos en el casino Commerce. Me fui hasta allí, encontré a Juan Carlos

jugando cash antes de dedicarse a los torneos (le iba bien), los asiáticos me volvieron loco (perdí siete parejas de reyes seguidas en los día que allí estuve), aguanté un terremoto yendo con Juan Carlos por las autopistas de madrugada pero me traje una revista donde hablaban del póquer por Internet. Había anuncios incluso de webs como Planet Poker, la primera sala on line y a mi vuelta me apunté para probar, decidido a ganar como fuera, a limar todas mis estrategias y a vivir de ello desde el salón de mi casa y lejos del teléfono.

Después de un año de pruebas empecé a ganar seriamente y puse en verde el semáforo de Oscar para que empezara a atizar justo en el límite de su mayoría de edad. Después, enseguida, formamos un equipo y de ahí el salto a nuestra web.

El resto fue lo más divertido y es lo que he vivido con muchos de vosotros que ahora me leéis.

A veces vuelvo a Las Vegas y siempre voy a dar una vuelta a la tienda de Howard por si conoce algo nuevo a lo que uno pueda orientar a sus nietos para que se desenvuelvan en la vida sin tener que dedicarse a negocios normales que ya se sabe que son mucho más peligrosos que la vida de jugador profesional.

Gonzalo García-Pelayo

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Los “jugativos” no tienen “Hartura”

Y es que los “jugativos” como los flamencos, no tienen “Hartura”. Cuando llegaba el amanecer los crupieres tenían que pactar con ellos para que la sesión del día se acabara, al menos, a las 12 del mediodía.

Gonzalo nos sigue contando sobre el club de Montera.

“…Allí conocí a Juan Carlos Mortensen. Se acercó una vez a la mesa, jugó un poco y le vi unas magníficas hechuras de jugador. Le animé a jugar en serio. Le hablé del buen montón  de profesionales que se ganaban la vida en Estados Unidos con este póquer. Me interesaba tener un jugador fijo que consolidara las partidas diarias junto a Enrique y yo mismo. Me ofrecí a darle clases para iniciarlo en lo que luego podían rematar libros y programas de ordenador  que también  le presté. Sabía que él ganaría y, por lo tanto, jugaría a diario…”

“…Juan Carlos y yo ganábamos consistentemente  todos los meses y así estuvimos unos dos años, jugando todos los días un buen montón de horas. Pensar que mi familia vivía del póquer después de haber vivido de los discos, del cine (vivieron mal), de los toros o de la ruleta, me producía una magnífica sensación, como la que ahora me produce pensar que puedan vivir de los libros…”

“Documentos TV2: Vidas Sobre el Tapete (Documental)” donde Gonzalo viaja junto a su hijo Óscar a Las Vegas para visitar a Juan Carlos Mortensen y que nos cuente la mano ganadora.

Este viaje será importantísimo para Óscar García-Pelayo pues empieza su carrera como jugador de póquer profesional. En la foto Juan Carlos Mortensen, Vanessa y Óscar García-Pelayo.

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Propinas

Ya cuando llegó la sentencia del Tribunal Supremo a favor de Los Pelayos y en contra del Casino Gran Madrid, Los Pelayos ya habían cambiado de foco, de las ruletas al póquer.

Pero antes de empezar a hablar de ello, os contaremos algunas anécdotas de la familia en la época de la ruleta.

Por supuesto, que le ganaran a los casinos fue un factor determinante, pero el factor propinas era el que hacía que además los crupieres sintieran una gran antipatía por la familia, aunque muchos de ellos no solo acabaran siendo y aún son amigos, si no también parte de la familia. En los casinos los crupieres cada vez que ganas una jugada, sea la que sea, te miran a la cara y te dan las gracias forzándote así a dejarles propina. Gonzalo tenía prohibido dar propina ya que si das propina todas las veces que ganas pero el casino no te da propina todas las veces que pierdes, acaba siendo un gran porcentaje de las ganancias e incluso pueden llegar a convertirse en pérdidas.

Por esa razón el estar jugando durante ocho horas viéndole las caras a los crupieres no era nada fácil, había que tener mucha disciplina y si algo tenía la familia era eso.

Algunos fragmentos del libro “La fabulosa historia de Los Pelayos” con respecto a las propinas:

“…Lo único chocante era la frecuencia vergonzante con que los crupieres llegaban a parar el juego para insistirnos en su petición de las propinas. Asustados por esas turbas mendicantes,  comenzamos a ceder y entregar algo de nuestras ganancias para así intentar  alargar en lo posible el buen momento de suerte por el que estábamos pasando. No era nuestra costumbre ni nuestra regla, pero el escándalo que empezaba a organizarse en un casino relativamente pequeño, con muy pocos jugadores a esa hora de la aburrida tarde danesa, y un grupo de españoles jugando por lo máximo y ganando por todo lo alto, aconsejaban relajar un poco nuestros estrictos y sobrios principios. Pues ni por esas. Los voraces vikingos no se conformaban  con estos graves juicios y demandaban  más parte del botín, que seguía aumentando  a cada minuto.  Intentamos darles un capotazo proponiendo aplazar sus demandas para el final de la pelea, pero ellos se revolvían en un palmo de terreno y nos plantaban  cara parando repetidas veces el juego de la mesa. No había visto más desvergüenza ni en Nápoles ni en Cádiz, donde la han inventado, pero en su forma sana y artística. Aquí era soez y perdularia…”

“…Nos habíamos equivocado dando algunas propinas. Los jugadores profesionales como nosotros nunca deben darlas. Fue una debilidad imperdonable…”

“…De toda aquella experiencia nos quedó como positivo unos ingresos que al menos cubrieron  los gastos efectuados, algunas compras que cayeron en Oxford Street y en Candem Town, una lluviosa pero emocionante excursión a la ciudad de Oxford y el placer de haber trabajado en un país inteligente donde, en el entorno del juego, no se aceptan propinas y cuando te echan es absolutamente  legal e incluso bastante lógico…”

“…El siguiente destino de nuestra gira mediterránea  fue Ibiza… Allí había un crupier con pinta de longevo hippy, limpio y retirado, que fue un caso único que encontramos en el tema de las propinas.

—No, gracias. No las acepto —nos decía después de darnos dos veintiuno doblados.

—Déjeme que le regale el Cry of love de Hendrix, que acabo de encontrar en disco compacto —le insistía, esperando sorprenderle.

—No, gracias. Ya lo tengo…”

Años más tarde tanto Vanessa como Iván fueron crupieres de póquer y aunque las propinas le venían muy bien, nunca forzaron las circunstancias, es verdad que la tensión de las propinas en el póquer es menor que en la ruleta, pero nunca cambiaron su línea de pensamiento, Los Pelayos, aun siendo casa siempre han estado muy cerca del jugador. Cuando Los Pelayos entraban en el casino Gran Madrid, las cámaras giraban, los crupieres miraban y se notaba, como decía un compañero “he notado tensión”. Hoy en día cuando alguno de Los Pelayos va al casino aunque sea para un torneo de póquer, siempre se acerca a las ruletas para ponerlos nerviosos.

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Ataque a Europa

Pero no fue sólo en Copenhague cuando Los Pelayos fueron débiles y cedieron en las propinas, también lo hicieron en Ámsterdam. Esta cuidad fue el segundo casino más importante de la aventura casinera, aquí vivieron durante cuatro meses y cómo podéis imaginar ocurrieron muchas cosas. Al igual que en la película The Pelayos, surgió la posibilidad de negociar con el casino. Los Pelayos no querían levantar antipatías así que empezaron a dar propina, cada cuatro plenos. Esto no fue suficiente y aunque tardaron en reaccionar, lo hicieron cambiando las mesas y como en todos los casinos algunos crupieres mordían y otros…no tanto. Consiguieron tener una reunión con uno de los jefazos/ejecutivos. Balón fue el que fue el que consiguió la cita y les comentó a todos, y entre ellos a Vanessa, que a mitad de la jornada pararían y un señor que hablaba algo de español, nos invitaría a tomar algo en el bar. Efectivamente se hizo un descanso y encaminados al bar, el jefazo se acercó a Vanessa y tendiéndole la mano le dijo “Hi….tomas”, Vanessa contestó presurosa “Una Coca-Cola”. Os podéis imaginar que las conversaciones con el tal ” Thomas Klenz ” no tuvieron mucho éxito aunque no culparon por ello a Vanessa…de Ámsterdam se fueron directos a Viena, casino en el que obtuvieron el record de ganancias en una noche.

Ya quedó patente que los chicos de Los Pelayos no tenían dominio del inglés, en Ámsterdam todo el mundo habla un inglés fluido, menos mal!.

El grueso de la tropa llegó los primeros días de Febrero para iniciar el ataque al casino, los canales estaban congelados y Balon había reservado estratégicamente habitaciones en el Hotel Maas http://hem-hotel-maas.hotelsofamsterdam.net/es/, en frente de un canal y muy cerca del Casino, se  podía ir andando!!

Las jornadas iban cambiando, los que trabajaban por la tarde aprovechaban para disfrutar de las maravillas que esa ciudad ofrece, suponemos que no tenemos que enumerarlas pues son del todo conocidas, aunque de las que menos se habla es de los pubs/discotecas donde los porteros no pagados por la casa, viven de la propina y claro, eso el equipo tuvo que aprenderlo a veces quedándose fuera del local, en una noche nevada y sin móviles, esperando a los que estaban dentro. Otras veces aún dando propina, si eras extranjero y no hablabas bien, también te dejaban fuera.

Todos se acostaban muy tarde por las noches y el servicio de limpieza del hotel llamaba siempre a primera hora de la mañana “Housekeeping!!” para ellos, “La haskipin” que no conseguía entrar nunca, hasta que un día abrió la puerta y dijo en perfecto holandés “sí, sí, hoy si”, así que como una madre los echaba todas las mañanas de sus habitaciones, saliendo uno tras otro de la habitación en pijama y acostándose en la habitación del compañero hasta que llegara la limpiadora.

Cuando Los Pelayos vieron la película 21 Black Jack, a los cuales Sony contactó para la presentación de la película en España, se vieron muy reflejados en la película, se acordaron mucho de aquel hotel de Ámsterdam donde escondían los fajos de dinero en el techo y los sudores y nerviosismo al viajar con tanto dinero por los aeropuertos, pensaban que pitarían las alarmas!!.

Desafortunadamente no había llegado el Euro y había que cambiar la moneda cada vez que cambiaban de país.

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Viena, máxima ganancia

Y nos fuimos a Viena, así empieza el libro “La fabulosa historia de Los Pelayos”: “Desde luego que Viena no es la mejor ciudad del mundo  para encontrarse alegre, pero aquella noche nos sentíamos absolutamente exultantes con lo que estaba sucediendo en el casino de aquella ciudad. Ya llevábamos bastante tiempo jugando en muchos otros casinos de distintos  países y muchos  más todavía estaban por llegar, pero de sobra sabíamos que lo que en ese momento se cocía no sería fácil de repetir. Con las seis personas del grupo que nos habíamos desplazado a aquella tan palaciega como decadente capital conseguíamos tener a raya dos mesas de ruleta americana y una francesa.

Éstas no paraban de arrojarnos premios y más premios, y en ese momento nuestra única preocupación era no quemarnos con el fuego que expulsaban aquellas ruletas, y más aún los directores o jefes de sala de aquel local. El caso es que íbamos ganando unos once millones y medio de pesetas al cambio, o sea que, realmente, lo que se dice preocupados,  la verdad es que no lo estábamos demasiado…”.

Las ruletas estaban encendidas, pero los jefes de sala y los crupieres también. Los chicos de la “flotilla” jugaban de dos en dos en cada mesa, se jugaban 9, 12 ó 18 números y no daba tiempo a recoger los premios, apuntar el número y volver a poner todas las fichas en juego, con lo que lo hacían a cuatro manos ya que una de las estrategias del casino era que los crupieres tiraran las bolas muy rápido.

Los clientes del casino de Viena eran bastante grandes y rudos, el casino estaba lleno y cuando querían poner un número al otro lado de la mesa arrasaban como si de un partido de rugby se tratara, los chicos que siempre se ponían en el centro de la mesa para poder llegar a todos los números  acabaron derrengados por aquellos envites, las prisas, la tensión y la intimidación que ejercían algunos de los crupieres, que a la hora de estar en el casino ya se sabían los nombres de Los Pelayos y mientras tiraban las bolas les susurraban sus nombres como si de una película de terror se tratara.

“…Empezábamos a darnos cuenta de que era muy probable que aquello no durase  muchos  días más, y nadie nos tuvo  que pinchar  demasiado  para llegar a la conclusión  de que teníamos que intentar  ganar todo lo que pudiéramos.  Ni justa medida, ni aquel charme que se le supone a los jugadores profesionales de opereta que emanan de la muy desviada imaginación de escritores gustosos de experimentar con personajes ideales. Nada de eso, teníamos que ir a por todas, y conseguir sacar de aquel casino todo el dinero que ganásemos en estado sólido, o, como suele decir la gente culta cuando se relaja, en crudo. Era evidente que la guerra estaba servida, y por eso la estrategia era darnos relevos. Mientras unos soportábamos  estoicamente la presión del momento del juego, otros descansaban un rato en la siempre estimulante barra del bar…”

La foto es antigua, no existían los móviles todavía, pero es auténtica Los Pelayos, en ese momento, en Viena.

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