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“En Carnaval es manifiesto que hay libertá pa salirse de lo corresto”

Gonzalo García Pelayo 04.06.2014

José Antonio Montero es alumno de Jordi Costa y escribe esta gran crítica (y análisis, su nota sobre la frase “En Carnaval es manifiesto que hay libertá pa salirse de lo corresto” es la primera que se cita siendo clave en las intenciones del film), gracias:
La ciudad de la alegría

Homenaje rendido a la ciudad de Cádiz y a todo lo carnal que en ella bulle, Alegrías de Cádiz se hace dueña por derecho de su condición de rareza, y representa además el regreso, después de tres décadas de silencio, de un outsider de nuestro cine: Gonzalo García Pelayo. Acreedor como muy pocos al apelativo de polifacético; pues entre otras cosas ha sido productor musical (considerado como uno de los principales forjadores de aquel movimiento surgido a finales de los sesenta que vino en llamarse “rock andaluz”, y que tantos nombres míticos ha dejado para la historia de la música y la cultura españolas), locutor de radio, presentador, pesadilla de croupiers del mundo entero… y director de cine que irrumpiría en paralelo a la Transición encarnando el espíritu aperturista de ese tiempo desde una postura absolutamente lúdica e independiente. Entrelazada su trayectoria con la del fértil movimiento contracultural andaluz, no ha dejado sin embargo de considerarse a sí mismo como un cineasta incomprendido y desterrado por la industria. Y habría que añadir, hasta hace bien poco, olvidado por el público. Ahora, aunque sea de una manera minoritaria, hay una audiencia nueva que ve en su cine formas que le seducen; tal vez se deba a la atracción que ejerce su tremendamente libérrimo espíritu, su vibrante imperfección. Un cine a flor de piel que se echaba en falta hasta hace poco y que, en cierta manera, se necesitaba; como se necesita también la alegría en un tiempo de pura negación de la misma.

Las alegrías son un palo del flamenco de carácter festivo, características de Cádiz y, según parece, con origen en la jota navarro-aragonesa que llegó a la ciudad durante la ocupación francesa. Dicen los flamencos que cantando por alegrías se van las penas. Al ver Alegrías de Cádiz queda claro que también puede aplicarse lo mismo al proceso de un rodaje y a una forma de narrar, y, más que de narrar, de recitar, de hablar como Jeri -a quien podría considerarse hilo conductor del film, si esto se pudiera considerar con un film como este-, el zigzagueante maestro de póquer y amante del amor; de hablar y decir como pelotas de goma, con vida plena. La película es un largo poema vitalista, desacomplejado hasta el extremo, de alabanza enamorada a una ciudad y a la mujer. Tema central en la obra de García Pelayo, lo femenino y la mujer –como ser que se aproxima a lo supra terreno- es su plano fijo, y postra siempre que puede su cámara ante ella. Lo que aquí hace desde las primeras imágenes (tras un prólogo que nos presenta una panorámica de Cádiz y de su soleada bahía desde el sosiego de su corta estatura) proponiendo en primer lugar una re-visitación de Vivir en Sevilla (1978) al recrearse, como hizo en aquella, en el rostro de las actrices mientras se someten al proceso de casting de la propia película. Cuatro actrices (aunque solamente una de ellas sea profesional) a las que las indecisiónes del director hacen que finalmente se las escoja para un mismo papel, el de Pepa; encarnación de los matices y pieles de la gaditana, y trasunto sensual de la Constitución española de 1812, conocida como La Constitución de Cádiz; la célebre “Pepa”. La heterodoxia de García Pelayo -y de su clan, no lo olvidemos- le lleva a incluir en su película referencias a lo que ha significado Cádiz a lo largo del tiempo, al carácter histórico de la ciudad y a las raíces genéticas de sus habitantes, pero con formas bastante alejadas de rigores académico-didácticos: por ejemplo, se habla de la ciudad más antigua de occidente mientras un boxeador se ejercita en la playa al atardecer, lanzando ganchos y crochets al aire salitroso de la misma forma acompasada en que llegan las olas a una orilla por la que chapotearon algunos fenicios, romanos o bizantinos: gente antigua. Hace menciones a Pericón, Chano Lobato o el escritor Fernando Quiñones; artistas que amaban Cádiz como lo hace el propio García Pelayo: con rotundidad y con desenfado. “Fiel a lo incierto” es un verso de Luisa Grajalva que adopta el director, y que se convierte en el eje que vertebra y define el espíritu de esta película. Pues puede encontrarse en ella una ficción romántica, a veces, o un documental sobre claroscuras calles laberínticas, y jolgorio cotidiano, un musical poco acicalado o ese poema que ya se ha mencionado antes y que nunca se acaba. No valen las definiciones exactas, y menos aún las pegajosas etiquetas, con el cine de García Pelayo en general, y con esta película en particular

Sí, su precariedad técnica es evidente, y la caligrafía de la cámara y del montaje son a menudo desmañados, ingenuos, bastante cercanos a un amateurismo del que también hacen gala la mayoría de sus intérpretes, pero no es fácil censurar todo ello cuando el propio director declara convencido que es un amante de la pifia. A veces su lirismo puede olernos a impostura por los cuatro costados, y entonces surge algo que se encarga, con salero, de rebatir esta impresión. O de asumirla y burlarla. Lo puede hacer con una chirigota al doblar la esquina, o con un rapsoda que declama contemporáneos cantares de gesta del menesteroso españolito medio; con esas post adolescentes coreutas que van punteando por aquí y entrecomillando por allá. Y, cómo no: con el “tiriti, tran, tran…”. Entonces el ánimo del espectador se ve asediado por una alegría descarnada, y discutirle cosas a este film desde análisis pretendidamente ortodoxos acabará siendo, seguramente, un ejercicio de inanidad. En uno de esos rótulos de texto que aparecen de cuando en cuando sobreimpresionados en los planos de la película y que parecen servir para subrayar, para añadir una lectura más o para cerrar un verso suelto, se dice: “En Carnaval es manifiesto que hay libertá pa salirse de lo corresto”. No queda más remedio que terminar acogiéndose sin titubeos a esta divisa. Tal y como lleva haciendo toda su vida el hombre, el cineasta Gonzalo García Pelayo.

Jose Antonio Montero.

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