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Vivir en Sevilla por Alfonso García

19.09.2014 Alfonso García, Discos Khurcius):
VIVIR EN SEVILLA (Gonzalo García-Pelayo, 1978)

Esta película bien pudo, de haberse estrenado en las condiciones adecuadas, en el momento adecuado, y contando un poco con los favores de ese azar que tantas alegrías le ha dado a García-Pelayo en otras actividades, ocupar el lugar, dentro de la historia del cine español que se le adjudica a la “Opera prima” de Fernando Trueba, dos años posterior. Es más, creo que todas esas cosas que la crítica de aquel momento, incluso la posterior, podía alegar para dar naturaleza a la considerable sobrevaloración de la simpática película del madrileño, y que lamento no poder compartir, sí tendrían mucho más sentido si se aplican a “Vivir en Sevilla”

A los cinco minutos ya sabes si es o no para ti. Si no lo es, desiste y pasa a otro asunto. Si lo es, bienvenido al club de fans. Como si de un Godard vitalista y andaluz en la época de la Transición se tratara, el director manda a paseo todas las convenciones del buen narrar académico y, con sus entusiastas actores de ocasión (incompetentes absolutos, pero eficaces), habla de algunas de las cosas que realmente interesan en este mundo. La convivencia y disociación de amor y deseo, la libertad, la creación, los extraños giros del destino, y la enseñanza de saber esperar el disfrute de los momentos de plenitud, o la sensualidad que impregna todo en Sevilla. Con la gratificante adición del retrato de una fantástica escena de underground cultural, como esa con la que, en varios terrenos, contaba la ciudad andaluza en ese momento.

Aquí la frescura no es una pose y el descaro ninguna forma de provocación. Como no son provocativos los reiterados desnudos femeninos ni ofensivo un muy concreto plano, hacia el final, donde se materializa un deseo expresado mucho antes por el protagonista. Disfrutas, como nunca hubieras sospechado, de diálogos torpísimamente recitados, hasta declaraciones de amor hechas libreto en mano. Te seducen las parrafadas pretenciosas o cómicas de la voz en off del protagonista (¡qué letras de canción escribe, señores!).

La tardía divulgación de esta indefinible rareza no la va a sacar de su asumido malditismo, pero, seguro, sí que le va a garantizar a Gonzalo Garcia Pelayo (que, por cierto, después de larguísima ausencia ha vuelto al cine con energía torrencial), una muy legítima revisión que, con seguridad, le ha retirado ya de la marginalidad (en cuanto a inexistencia en las historiografías oficiales de su cine) y acabará situándole en el lugar que merecen la peculiaridad y el gran mérito de ese arte libérrimo, provocativo para quienes, como Pilar Miró, acabaron imponiendo el funesto corsé de la “calidad”

Habrá películas interpretadas muy profesionalmente por actores de técnica impecable. Las habrá con habilidosa intriga argumental. Y muchas con una factura visual irreprochable. Pero, a diferencia de “Vivir en Sevilla”, puedes prescindir de ellas. Porque ni huelen a pelo de mujer ni en ellas baila Farruco.